También va de estrellas. Fugaces.


Querido lector,

Hoy dejo que leas unos de mis relatos para Storytelling. También va de estrellas. Fugaces.

Volvía de Teruel, una ciudad perdida en España, cerca de Zaragoza. Mi familia pasaba el verano allí. Tres semanas enteras de piscina y descanso. Porque en ese lugar, realmente, uno no puede hacer nada más. Aunque me parece suficiente: descansar y estar “con los tuyos”. En realidad, es felicidad. Yo, en cambio, me pasé todo el verano trabajando, y no pude veranear con ellos.  Vivía en casa de mis tíos, aunque ellos no estuvieran. Aprendí a moverme con tranvía y a espabilarme un poco. Nunca me había sentido tan sola. Pero me fue bien, montaba mis planes, seguía adelante. Los fines de semana tomaba un autobús de tres horas de trayecto hasta Teruel, donde me venían a esperar siempre l’avia, los tíos, los primos, mis hermanas y mi madre. Aquellas vacaciones les estaban sentando tan bien que incluso perdieron la vergüenza para cantarme , a las doce de la noche, “¡María, bombón, saluda a la afición! ¡Qué culo tienes, como lo mueves! ¡Ajá!”. El último “ajá” lo cambió mi prima de 11 años, porque le parecía que la frase que en realidad seguía a la canción era una ordinariez. Pasé vergüenza, obviamente. Pero me arrancaron una sonrisa de la cara. Era precisamente la dosis que necesitaba. Y así pasé tres semanas y media, yendo y volviendo de aquí para allá, cogiendo tranvías, autobuses, corriendo, andando de prisa, despacio… No me aburría. Aprovechaba mejor que nadie los momentos de excursiones en las que nos acercábamos hasta Albarracín, y aunque mis primos y mis hermanas decían que les daba “pereza”, yo me encaminaba con los mayores. Era genial: viento fresco veraniego, bambas, nada de maquillaje, gente mayor, bastones, sudadera y pantalón corto. ¡Me encanta esa combinación! Ese día volví a Zaragoza deseando que llegara ya el próximo fin de semana. Llevaba entre manos un libro que me habían recomendado: Blanco como la nieve, rojo como la sangre. A simple vista no era más que una novela pastelosa de amor adolescente. Me echaba un poco para atrás. Pero a medida que iba leyendo, me di cuenta que la historia guardaba en sí un sentido mucho más profundo, en el que un chico de 16 años se planteaba el tema de la muerte, cuando a la chica que le gustaba le detectaban leucemia. Entonces me empezó a gustar. Y es entonces cuando subió al autobús un chico de mi edad, y se sentó a mi lado. Yo seguía leyendo. Siempre que se me acercan extraños recuerdo la frase de mi profesora Bea, en comunicación escrita, en la que nos decía “si les invitan a algo, nunca lo rechacen. Conozcan a gente, ¡vayan a tomar algo! Las historias son increíbles”. Y siempre, siempre, siempre se me viene a la cabeza esa frase. Así que cerré el libro.

-¿Me lo dejas un momento?

-Claro.

Ya estaba tardando en devolvérmelo. ¡Cómo se lo quede se va a enterar! ¡Quiero seguir leyendo! Yo que lo cerraba para conocerle y ahora se pone él a leer, hay que joderse.

-Toma. Gracias.

Y por orgullo seguí leyendo. Y tardé unos veinte minutos hasta que volví a cerrar el libro.

-Pensé que nunca lo cerrarías.

-Me mareo cuando leo en autobús

-Pues has tardado bastante. ¿Puedo hacerte una pregunta?

-Dime

-¿Lees siempre libros como este? O sea, de amor adolescente y eso,…

-No. Pero este me gustó porque habla del sentido de la vida. Esas cosas sí me gustan.

-¿Puedo recomendarte algo?

Abrió su mochila y sacó varios libros. Además de una tablet. En ella llevaba millares de archivos. ¡Eran libros! ¡Un tío culto con pinta de rapper! Me sorprendió. Pero vaya con mis prejuicios, siempre hago lo mismo. A ver si no puede existir ese tipo de personas. Y entonces me dijo que apuntara:

Isaac Asimov – el fin de la eternidad

Khalil Gibrán – el profeta

La milla verde

El rostro de Berman

El maquinista

Yo lo apunté todo en una nota del móvil, olvidé mi moleskine en casa.

Pasamos todo el viaje hablando de libros, de Chéjov, Chesterton, de películas , cortometrajes, de Tim Burton,… Y en un momento, suspiró. Le pasaba algo, pero cómo vas a contarle a alguien desconocido qué te ocurre. No iría a hacer de esto una escena californiana.

-Ha sido un año duro.

Le noté perdido , pero no pasó de allí. Bajamos del autobús y me preguntó si me quedaba con él un rato. Me agobié, y le dije que no. Cogí un bus y llegué al piso de mis tíos. Y al día siguiente todo estaba igual: tranvía, los niños,…

Hasta que empezó el curso académico en la universidad, no me di cuenta que en realidad de esa situación yo podría haber sacado mucha más historia. ¡Era casi un cowbird en vivo! ¿Y si hubiera hecho una foto? El nombre, quizá,… No. Nada. Y luego, cuando empecé a cursar Storytelling, y nos hablaron de que todos tenemos un don, aunque no lo hayamos encontrado, de que todos tenemos una estrella a la que seguir, me di cuenta que el universo de ese chico se había convertido en un agujero negro. Y aunque yo no sé mucho de física ni de astronomía, en nuestro mundo imaginario posiblemente exista una regla interna en la que una estrella puede sacar a otra de un agujero negro y hacerla brillar para siempre en el firmamento. Ese chico se había topado con una estrella, pero fugaz.

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