Mi mayor miedo


Allí yacía mi cadáver, bajo esas matas de césped que en su momento fueron de color verde manzana. Ahora la hierba había desaparecido, todo estaba cubierto por una fina capa de lluvia y los insectos protegían su vida con las hojas que caían de los cipreses. En el cielo se extendían gruesas nubes grisáceas que acompañaban el sentimiento melancólico.

Los invitados a la ceremonia, y los personajes cuyos nombres ni tan sólo puedo recordar, se paseaban libremente por el lugar. Llevaban un paraguas sujeto en una mano, y en la otra un pañuelo que más adelante absorbería sus lágrimas que constatarían su pena ante mi muerte.

En toda mi vida, aunque no fue muy larga, siempre había temido a una cosa: ser enterrado vivo. Mi ansiedad provenía de historias escuchadas que penetraron hasta lo más profundo de mi cabeza, haciendo de ello mi mayor miedo. Se contaba que en su tiempo hubo personas que fueron enterradas vivas cuyas tumbas se encontraron repletas de rasguños, como seña de su intento a sobrevivir. Aquella idea me aterrorizaba.

Voy a contaros como morí. El martes me picó un insecto cuyo veneno me paralizó todo el cuerpo, sin poder siquiera parpadear, pero seguía oyéndolo todo. Evidentemente, mis padres me llevaron a urgencias, pues no se iban a quedar simplemente boquiabiertos. El interno que me inspeccionaba fruncía el entrecejo mientras examinaba con mucho cuidado mi cuerpo. Le temblaban las manos. Y con su gran sabiduría, me dio por muerto. ¡Menudo ingenuo!

Alcancé oír como se lo comunicaron a mis familiares y sentí escalofríos recorriendo todo mi cuerpo. Al cabo de unas horas, estaban llevándome al tanatorio, lugar en el cual mi “cadáver” (porque no estaba muerto) fue posado dentro de una caja para que los  últimos adioses de mis conocidos fueran enterrados conmigo. Una vez cerrada esta caja, ya no había vuelta atrás. Sentí el leve movimiento con el que me trasladaron al cementerio. ¡No podía creer que aquello estuviera sucediendo! Un fuerte estruendo me agitó aun más. Y noté como iban colocando la caja bajo tierra. Empezaron a tirar arena encima de la caja, y yo aún dentro, sin poder gritar o moverme.

Silencio.

Abrí los ojos. Por fin podía realizar algún movimiento. Reinaba la oscuridad. Empecé a palpar con mis manos lo que tenía alrededor: madera (y noté también algún insecto). Aquel lugar era muy estrecho y la claustrofobia se adueñaba de mis pensamientos. No podía doblar las rodillas, ni girarme, simplemente restar boca arriba. Grité, tan fuerte como mis pulmones me lo permitieron, tan fuerte que algunas lágrimas se derramaron por mis mejillas. Estaba quedándome sin aire y de todas formas ya nadie podía oírme. Después de muchos intentos, carecí de fuerza alguna y, el viento que no había en la tumba, se llevó consigo mi último suspiro.

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